2.2 – Química

¿Por qué la vida se tuerce y termina

hundiendo su rosa entre las espinas

de un profundo barro oscuro y hediondo?

La rosa no llega a nacer,

hunde sus pétalos en el fango,

entre serpientes oscuras,

y la tierra no da para fortalecer

su semilla de bello porvenir.

Hay un torbellino en el centro de las mentes,

no encuentran su anchura las frentes,

y sus arrugas andan por el suelo

perdidas, pisadas,

olvidadas en las esquinas de calles polvorientas

y ciudades de ancha sonrisa.

¿Qué música tributar?

¿Qué palabras han de empujar?

¿Qué desinteresado empuje han de recibir las vidas

para lanzar sus semillas lejos,

muy lejos de sus propios pies?

¿Qué soledades, qué muertes y tristezas

abonan el camino para que crezcan

las huellas, como sólidas columnas,

y den consistencia de roca, de diamante,

a nuestra perdida mirada?

A estas alturas, algo en mi pecho

quiere encontrar respuestas

de incontenible efecto práctico,

para todos los pétalos deshojados,

quiere proceder inversamente

a la curiosidad del enamorado,

para construir, con la exactitud de un arquitecto,

rosas de hermosura incontenible y cegadora,

para evitar que las lágrimas broten

sin saber a quién humedecen la frente.

Valencia, 19/06/1988

2.1 – El álamo grande

Una tremenda llanura de cielo,

y al fondo, en su espesura,

enorme en la lejanía,

un álamo, o dos, o quizás tres,

como anchos corazones de un ancho porvenir,

bombeando furiosamente viento

hacia el canto de los gorriones, y sus alas,

y esos diminutos dientes de oro

con los que pellizcan la vida

para llevarla a sus polluelos, por el viento

que, allí, en la lejanía, el álamo,

los álamos agitan interminablemente.

(Valencia, 02/06/1988)

1.60 – CONDUCIR (ODA A LA ROTONDA)

CONDUCIR (ODA A LA ROTONDA)

La vida social,

el codo con codo,

cristal contra cristal,

sus carreteras, acomodo,

tiene para circular,

y como en todo,

la buena urbanidad

no es la del cobro,

Sino la del dar.

Mejor que semáforos,

rotondas para girar,

a un lado o a otro,

república del viajar,

soberano protocolo,

soberana voluntad.

1.59 – POSVIDA

POSVIDA

(14/03/2017)

Ante la posverdad,

Lo mejor es posrevelar

La posmentira.

Si oyes, posmira,

Esto se llama poslibertad,

Tú dices, es posfeudalismo,

La postierra convertida en posdinero,

El posdinero convertido en posproducto,

El postrabajo, a dos posflancos,

Las posmáquinas y los postsalarios,

Para posdisfrutar de la poseducación,

Del postseguro pospúblico, poscompartido;

Y, posmira, la posdestrucción

De lo que posllaman posambiente.

Todo para posllevar una posbuena

Posvida.

1.58 – HEGEMOMANÍA

HEGEMOMANÍA

Hago lo mismo con países

como con los mosquitos,

Si molestan los dejo fritos.

Uso dólares para inocularles,

Cometo un daño colateral aquí,

Intoxico un poco por allí.

Así, ¡qué tranquilas las tardes!

Qué libres quedan las manos,

Nosotros no tenemos hermanos,

Solo quemamos lo que arde.

1.56 – NADA

NADA

 

La nada es como el éter,

No sabemos de qué está hecho,

Pero nos envuelve.

En la sangre acecha,

La nada cruza puentes,

Se desnuda y seduce sin miedo,

Ataca al cuerpo y a la mente.

 

La fama es una gran nada,

La fortuna, nada,

Cosas de que nos damos cuenta,

Cuando la nada fatal, la negra,

La terminante, abre las fauces

Y en un bostezo despampanante,

Se desvela y causa desastre.

 

Ni siquiera los hombres justos,

Ni tampoco las justas mujeres,

Evitan de la nada el regusto,

Nada contra la nada puede,

Gusano del tiempo roe a gusto,

En el papel se fijan sus heces.

1.55 – EL CUENTO DEL SOMBRERO

EL CUENTO DEL SOMBRERO

Solo él llevaba sombrero en la fiesta.

Yo también llevaba, sola entre las chicas,

Y tal fue motivo para que habláramos.

Pero sonaron las doce campanadas,

Para entonces yo ya estaba enamorada.

Él desapareció, de repente, sin despedirse.

Olvidó su sombrero,

Aunque creo que lo dejó

Para mí.

Ni siquiera le pregunté su nombre.

Desde aquel día,

Cuando conocí a un hombre,

Le hice probar el sombrero.

Me quedé con el que respondía a las iniciales,

Aunque el sombrero le venía algo grande.

1.54 – MI QUERIDA ABUELA

MI QUERIDA ABUELA

 

A Berta Cáceres

 

Vivió ella un tiempo en silencio,

Un tiempo en que aún miedos sentía,

De su juventud aún en los bríos,

Cuando viva lengua se mordía.

Nos reuníamos con ojos atentos,

Entonces era abuela, era mía,

Y en las tardes, con esos ojos viejos,

Acariciaba nuestras suaves mejillas.

 

Cansada de la vida y los festejos,

De lo que visto y oído había,

Callábamos por ver lo que decía,

Con voz débil y voluntad de fierro.

 

Llevada en brazos, ay, del recuerdo,

Aleteaba con candor nuestra vida,

La suya decantaba dichos, hechos,

Y decía ella, grave en su silla:

 

«Vivir es una condena en silencio,

El silencio una condena en vida,

La condena una vida en silencio.»

 

Mi abuela miraba y ella así decía:

«Las únicas que callan, las muertas».

 

En la mecedora mi abuela decía,

«Mudas las que duermen en cunetas,

Las que dan vida a lindas rosas,

Ellas no hablan por hablar, ea,

Por no hablar hablan fermosas.»

 

Y suspiró, reprimió una mueca,

Y fue como si viera entre las hojas,

«Todas vienen por el monte a la mesa.

¡Hijas, nietas, abandonad las fosas!

¡Traed de nuevo esas voces frescas!

Olvidad de una vez los tiempos grises,

Los largos días de plomo y reserva,

Aquellas feas sienes, lenguas foscas».

 

Paró, la mirada bajó a nosotras,

Se diría, sus ojos no veían,

«Vosotras, hijas de la luz materna,

Que amordazaron en aquellas horas,

Amigas, hermanas, id, conjuraos.

¡Nada consentid, no calléis ni muertas!

¡Las certezas, dulces voces las digan!».

Mi muy anciana y querida abuela,

Ella nos dijo mecida en su silla.

 

Se detuvo, volvió los ojos al cielo,

Su mano luz y lágrimas enjugó.

«Vosotras seréis madres del mundo,

Aprovechad, sí, las cristianas fiestas,

Que parir el mundo será un dolor,

Haced músculo, id a la pelea,

Divertíos, vosotras que tenéis voz.

Ahora, por el amor de la abuela,

Sed juiciosas, justas, sed más de dos,

Nadie dijo fácil la lucha fuera.»

Hizo una pausa y ya nos dijo adiós,

Ya no fatigarse ella más quisiera,

Aquella que los días contaba, no,

Sino que los descontaba, mi abuela.

 

Y nos dejó acudir a la fiesta mayor,

San José el día, una primavera,

Y sonrió por fin y dijo, «Id con Dios».