2.9. – Noche y día

La noche ha descendido ya,

tras ella un ejambre de ventanas

hacen cola para bajar.

Las farolas extienden sus tentáculos,

ya puntean el paso del caminante.

Sobre las calvicies

un lecho de luz dorada

olvidado por el Sol,

y alrededor se extiende lo oscuro,

hunde sus pies

en los intersticios de la ciudad,

sordos los sonidos,

tras las cortinas, amores.

Todos los maridos

tienen la cuchara entre los dientes,

luego las dejan en la mesita,

abrazan a la mujer.

Después de amarla, de ser amados, duermen,

y enseguida a despertar,

desayuno, a trabajar.

Prendidos los maletines,

a los asideros de la ciudad avanzan,

blanden sus pulmas,

como el rubor de sus mejillas

bajo la luz matinal.

Londres, 26/07/1988

2.8 – Noches pisadas

Vosotras, racimo de lágrimas

que os impiden correr,

dais con viento de bofetadas,

olas de golpe profundo.

Cientos de manos agolpadas

ante vuestros ojos,

para vetaros los deseos

y arañar el cristal de los ojos.

Miradas que escupen tallos de vidrio

imprecaciones dolorosas,

sin conocer la culpa.

Lloros de impotencia,

deseos que no encuentran su grito.

Confabulación de cretinos,

mentes sucias de rutina, de moral,

descanso desvergonzado sobre saliba

de hombres como caballos desbocados,

penetrados por el tumulto

de ataques violentos de navaja.

Dejadlas vivir,

dadles la mano,

tienen dientes como vosotros.

No penséis en su noche,

que les pertenece.

Desde los confines del amor,

el viento que levantan

tiene propiedad legítima.

Hablo por ellas,

que conocí sus noches,

y conservo las manos.

Londres, 25/07/1988

2.7 – Desnudo

Torcer la mirada del hombre,

para que choque con su propia frente,

desnudar el rubor inocente,

encontrar su verdadero canto

lejos de mentiras y golpes,

puñaladas y explotación.

Que el hombre vea

que solo es hombre,

que no hay más.

Hallar la desnudez de su obscenidad,

descubrir su corazón

velado por corbatas y trajes apretados.

Abrir el paso a vientos humanos

que refresquen el valle quemado

de su pecho ceniciento.

No hay más que mirada desnuda,

vello en el ombligo,

callos en pies y manos,

erección en la mirada

y nalgas en las mejillas.

Despejar las variables,

enfrentar al hombre con el hombre,

desvelar su desnudez de palabras,

¡que no hay más!

El hombre que es hombre

y además, mujer,

que se viste de mirada espinosa,

y sus pechos son redondos

sobre un ombligo de vegetaciones.

Que el hombre vea

que solo es mujer,

¡que no hay más!

Londres, 17/07/1988

2.6 – Las calles de Londres

Sustancia de miradas,

río multicolor,

diversidad de olor,

constelado laberinto,

de esquinas luminosas.

Monedas que ruedan perezosas,

rostros como flores en jardín botánico,

remotos nombres y extraños gestos.

Voces disonantes,

algarabía extrañada,

pieles agrupadas,

páginas de libros infinitos,

blandas espadas

de miradas repartidas

en una cadena

de rayos en desorden.

Rostros húmedos,

manos extendidas,

teatro callejero

agujero sin fondo.

Esfuerzos para golpear

la curiosidad del extranjero

bajo la lluvia o el sol.

Destellan sonrisas,

afilan sus gestos,

para romper el cristal,

la separación,

la distancia sencilla

de otra persona.

Londres, 11/07/1988

2.5 – Manos blancas

Quiero arañar

las paredes del alma,

extraer virutas,

convertirlas en voz

a golpe de martillo y tinta,

tocar el genio,

intentar evadir el misterio,

conseguir contagios

y recaudar orejas,

y si me preguntan,

no sé,

de verdad, no sé.

Soy persona,

viento afable, lluvia inocente,

boca de dientes romos,

dedos y manos blancas,

pólvora sin chispazo,

fuego contenido,

destreza de muchedumbre,

violencia entre diques,

látigo desatado,

manos laceradas,

chasquido de cordajes

que manejan otras manos,

las mías con ellas,

manos de persona,

manos blancas.

Londres, 09/07/1988

2.3 – Sinfonía de golpes

El martillo de la vida machaca esperanzas,

combina pasiones masticadas.

El mortero del mundo,

astilla vidas de hombres y mujeres,

maderas llevadas por la corriente del tiempo

en la composición de la noche.

El fin, el golpe brutal,

definitivo,

el que más astillas hace saltar,

iracundas lágrimas

que golpean contra el metal del tiempo,

contra la infinita superficie de la noche.

El principio, golpe tierno,

empellón suave de la oscuridad.

Florece una rosa y es principio,

cae una gota de agua

desde algún remoto manantial

y es amor, es destino fragrante,

delicia ubicada en lo más profundo del día.

Un principio es mácula imperceptible,

no principio infinito, sino final comenzado.

El garrote del todo golpea,

erige una incontenible cadencia

de crujidos y salpicaduras,

chillidos punzantes, de sangre,

agudos como estrellas,

en la noche de esta vida,

tan imprevisto, tan violento,

que todo se confunde en un huracán

de silencio, de voz terminada,

de lenguas sangrantes y sonrientes labios

agrietados por la sal callada

que baja desde las sienes,

como enormes campanas,

que introducen su sonido

en lugares distintos de los ojos.

Valencia, 07/07/1988

2.2 – Química

¿Por qué la vida se tuerce y termina

hundiendo su rosa entre las espinas

de un profundo barro oscuro y hediondo?

La rosa no logra respirar,

hunde sus pétalos en el fango,

entre serpientes oscuras,

y la tierra no da para fortalecer

su semilla de bello porvenir.

Hay un torbellino en el centro de las mentes,

no encuentran su anchura las frentes,

y las arrugas andan por el suelo

perdidas, pisadas,

olvidadas en esquinas de calles polvorientas,

en las ciudades de ancha sonrisa.

¿Qué música tributar?

¿Qué palabras han de empujar?

¿Qué empuje deben recibir las vidas

para lanzar sus semillas más allá,

lejos de sus propios pies?

¿Qué soledades, qué muertes y tristezas

abonan el camino para que crezcan

las huellas, como sólidas columnas,

y den consistencia de roca, de diamante,

a nuestra perdida mirada?

A estas alturas, algo en mi pecho

quiere encontrar respuestas

de incontenible efecto práctico,

para todos los pétalos deshojados.

Quiere proceder inversamente

a la curiosidad del enamorado,

para construir, con exactitud de arquitecto,

rosas de hermosura incontenible y cegadora,

para evitar que las lágrimas broten

sin saber a quién humedecen la frente.

Valencia, 19/06/1988

2.1 – El álamo grande

Tremenda llanura de cielo,

y al fondo, en su espesura,

enorme en la lejanía,

un álamo, o dos, quizás tres,

anchos corazones de un ancho porvenir,

agitan furiosamente el viento

hacia el canto de gorriones,

hacia sus alas,

y sus diminutos dientes de oro

con que pellizcan la vida

para sus polluelos, por el viento

que, allí, en la lejanía, el álamo,

los álamos agitan interminablemente.

Valencia, 02/06/1988